Escape de la brutalidad: La liberación de una familia de abuso perpetuo

El terror que habían vivido durante doce años estaba llegando a su fin.

Los últimos rayos de luz anaranjados cruzaron las colinas y los caminos de tierra que conducen al pequeño pueblo situado al oeste de San Pedro Sula. Un despavorido grito rompió la tranquilidad de la tarde septembrina y los vecinos se pusieron nerviosos. El terror que habían vivido durante doce años estaba llegando a su fin.

(Como medida de protección de las personas involucradas en los hechos sin perder la esencia humana de esta historia, todos los nombres han sido cambiados)

Carlos agarró su machete y caminó desde su casa vacía hasta la calle principal donde vive Luz. Ella estaba dentro de su vivienda y escuchó sus pasos, levantó su mentón, salió al patio y esperó cautelosamente. A paso largo, Carlos dobló la esquina y se acercó al portón.

“¿Dónde está Mari?, yo sé que vos sabes dónde está.”, dijo Carlos.

“No tengo idea de donde está Mari,” respondió Luz rápidamente, mostrando carácter fuerte, pero consiente de que no estaba diciendo la verdad.

Juan, padre de Luz y padrastro de Mari, salió detrás de ella, y Carlos, se dirigió a Luz. “La voy a matar a ella y a los niños,” dijo Carlos, y se fue.

Juan y Luz respiraron profundamente. Luz sabía que Carlos volvería para buscar a Mari – la hermana de Luz y la esposa de Carlos – y por sus hijos.

Los próximos días serían más peligrosos para Luz, pero los enfrentaría con coraje sabiendo que, por la primera vez en doce años, su hermana estaba a salvo. Mari, después de todo el sufrimiento que vivió, se había llevado a sus cuatro hijos y escapó del terror de su esposo Carlos.

Una prisión sin esperanza

Mari llegó al pueblo tranquilo y montañoso una hora afuera de San Pedro Sula con su madre, su padrastro y su hermanastra, Luz y pronto captó el interés de un vecino, Carlos.

Con dieciocho años, Carlos era tranquilo y genial. Él colmó a Mari de adulaciones y promesas, y Mari, que solo tenía 15 años, accedió a casarse con él.

No se dio cuenta durante su noviazgo que Carlos ya estaba sumido en el abuso de drogas y alcohol. Sus vecinos recuerdan que casi siempre fue tomador de guaro – un licor de alta prueba- o drogado de marihuana o Resistol – un tipo de pegamento.

El descubrimiento pasó solo tres meses después de que se casaron, y la vida de Mari nunca volvió a ser la misma.

Carlos llegó a su casa drogado de marihuana. Su esposa Mari le reclamó y Carlos le respondió con un golpe en la cara.

Mari fue sorprendida. Nunca lo había visto tan lleno de ira y de violencia.

“Yo le dije, ‘¿Porque me estás pegando después de todo que me has dicho?’ Y él solo se puso más enojado,” recuerda Mari. “Yo le dije que un día le iba a dejar. Ese día nunca llegó porque yo tenía miedo.”

Un año después, su primer hijo llegó, un varoncito llamado por su padre. Todos le llamaron Carlitos. Carlos siguió en el ciclo de beber, fumar, y golpear a su esposa, pero para el alivio de Mari, él dejó a su hijo en paz. No obstante, cuando Carlitos solo tenía dos años, el niño se cayó de una silla. Carlos le pegó al niño.

Mari sacude su cabeza pensando en el recuerdo. “¿Quién le pega un niño solo por caerse?” pregunta ella.

La familia vivió en una casa adobe de solo una habitación, en una colina boscosa atrás de la casa de los padres de Carlos. La casa no tenía agua potable y carecía de la protección del viento, la lluvia o las serpientes que a veces se arrastraron de los arboles buscando calor.

En los próximos diez años, la familia creció, nacieron tres hijas y la rudimentaria habitación se llenó.

Ya eran seis personas viviendo en pobreza extrema. Carlos gastaba en drogas y alcohol el pequeño salario que ganaba en su trabajo como un cosechador y dejaba a su esposa y a sus cuatro hijos con apenas lo que le sobraba.

“Él llego a la casa con solo 100 lempiras. Gastó su sueldo en mariguana y guaro. Solo para eso trabajaba,” dice Mari. “Solo me ajustó para comprar arroz, frijoles y mantequilla.”

Los vecinos y los familiares de Mari observaban con dolor el sufrimiento por hambre y violencia que Carlos le provocaba a Mari y a los niños.

Sonia, su vecina, les regalaba comida, pero Mari tenía demasiado miedo de aceptarla. Sabía que si Carlos la descubría podía acusarla de mendigar y golpearla. “Yo dije, cómanselo rápido, pero ella no quería” explica Sonia.

Los otros vecinos y familiares de Mari la recuerdan como un fantasma de sí misma. Era delgadita y apenas hablaba. Cuando ella siempre estaba viendo hacia el suelo. “Ella siempre andaba golpeada con su pómulo inflamado,” recuerda Luz.

Luz cuenta que en cierto momento Carlos llegó a la casa y encontró a Mari enfrente de la estufa cocinando maíz para hacer tortillas. Y “él se enojó por no tener comida preparada y la amenazó con meterle la cabeza en el maíz caliente,” dice Luz.

Carlos agarró a su esposa por la nuca y le empujó la cabeza hacia la estufa. Y Mari metió las manos en el maíz caliente para proteger su cara. Cuando él dejo de empujarla, Mari sacó su mano y vio que fue gravemente quemada.

El hijo adolescente de Sonia fue testigo a un episodio similar cuando Carlos, de nuevo enojado sobre la falta de comida en la casa, agarró a Mari por el cabello y le pegó su cabeza en la estufa.

Su arma preferida usualmente era el lado plano del machete, pero Carlitos recuerda que su padre usaría cualquier cosa que tuviera en la mano para pegarle Mari y los niños: uno faja, una piedra, o un palo. Cada objeto adentro y alrededor de su casa fue una posible arma.

Amigos y vecinos observaron que Mari y los niños eran tímidos y retirados. Según Sonia, Carlitos saltó cada vez que alguien dijo su nombre. Las niñas mayores estaban pegadas a su madre y casi nunca hablaban.

“Cuando les reclamé, las niñas se lloraron,” dice Lourdes, la madre de Mari.

Las amenazas de Carlos mantenían a Mari en una prisión mental.

“Él me dijo que, si me iba, él me buscaría debajo de cada piedra y me mataría cuando me encontrara,” dice Mari.

Sus amigos y familiares querían e intentaban a ayudarla, pero también tenían miedo.

El padrastro, Juan, quien la cuidó desde los 18 meses, luchó siempre con el dilema de su hijastro. A veces confrontó a Carlos, pero su familia tenía miedo de una confrontación entre los dos hombres e hicieron lo que podían para evitarlo.

Mari intentó a no acercarse a la casa de Juan si ella andaba golpeada, porque temía a su reacción. Hasta se evitó llegar a la casa de la familia de Mari si estaba Carlos.

“Una vez yo logré sacarla de la casa de él,” dice Juan. “Ella estaba aquí [en la casa de Juan] tres días con todas sus cosas. Carlos vino y habló con ella y ella volvió con él.”

Según Luz, Juan quería denunciar a Carlos, pero Carlos amenazó a Mari y los niños. Juan sabía cuan violente Carlos podía ser, y él no quería provocarle contra su hijastra y los niños.

“No queríamos llamar a la policía a menos que estuviéramos seguros de que era un caso determinado o podrían dejarlo ir poco después [de que lo capturaron],” explica Juan. “Me di cuenta que necesitábamos buscar protección […] no solo para ella, pero para todos involucrados.”

Lourdes continuamente preguntaba a su hija por qué no dejaría a Carlos. Mari respondería que tenía miedo que Carlos matara a su hermana, Luz, si se iba.

A pesar del peligro para la comunidad, los amigos y la familia de Mari siguieron urgiéndole a escapar. Aun la hermana de Carlos, que vivía cerca, animó a Mari a veces a solo irse con la ropa que andaba, según Mari.

Luz le ofreció dinero a Mari y le regó que se quedara con su tía o su hermano en San Pedro Sula.

“Ella siempre me contestó, ‘No puedo dejar los niños’. Yo le dije, ‘Pues, él te va a matar, será enviado a la cárcel, y los niños quedarán huérfanos’,” dice Luz.

“No puedo decirle porque,” Mari respondería.

Una ofensa impensable

Todo comenzó tres años antes cuando su hija mayor, Lili, solo tenía seis años. Mari se despertó en el medio de la noche cuando escuchó movimiento en la cama. Calos estaba sacando a Lili de la cama y guiando a su cuerpo pequeño a través de la puerta de la casa.

Ambos regresaron minutos después y volvieron a la cama.

El próximo día, Mari preguntó a Lili que pasó afuera, y sus pesadillas peores fueron confirmadas. Carlos había llevado a Mari por los arboles hasta el baño detrás de la casa donde violó a su hija de seis años. Él amenazó a Lili que, si ella le contaba a alguien, la golpearía.

Hacía poco que Mari pudiera hacer. Ella sabía lo que pasó cuando confrontó a su esposo. Mari no podía enfrentarse por miedo de su retribución violenta, y ella, que apenas tenía suficiente comida para alimentar a su familia, no tenía los medios para escapar con cuatro niños.

Aunque su familia, que solo sabía del abuso doméstico, ofreció ayudarle a escapar sola, ella no podía dejar a sus hijas solos con su monstruo de padre.

El abuso sexual siguió por tres años. Cuando la segunda hija de Mari, Cynthia, tenía seis años, Carlos empezó a despertarla en el medio de la noche, llevarla al baño afuera, y violarla, como hizo con su hermana mayor.

Letrina donde fueron abusados los niños.

La comunidad no sabía que Carlos estaba abusando sexualmente a sus propias hijas, pero muchas sabían que él era un depredador sexual.

Las hijas de Sonia lo habían visto observándolas a través de los árboles cuando se bañaban en la pila detrás de su casa. Comenzaron a bañarse con la ropa puesta. Las niñas tenían miedo de pasar por su casa para llegar a la calle principal porque, más de una vez, Carlos había subido al camino de frente a ellos y había exhibido su pene a las chicas.

Otra vecina, Karla, dice que con frecuencia Carlos dijo “cosas feas” a las mujeres y muchachas en la comunidad. Ella siempre respondería en una manera amable por miedo de su carácter violento.

Una noche, sin embargo, la hija adolescente de Karla decidió que ya no le aguantaba más. Venía del trabajo cuando Carlos, que estaba claramente borracho, trató de tocarla. Ella le contestó severamente. Y “Él se puso violento,” dice Karla. “Le siguió balanceando el machete. Mi hija corrió por su vida hasta la casa.”

Después de eso, Karla tenía miedo salir de su casa si sabía que Carlos andaba en la calle.

La realidad del abuso sexual de niños

Existe una idea errónea sobre el abuso sexual que prevalece en Honduras y alrededor del mundo. El mito que agresores de abuso sexual son tipos antisociales como criminales y drogadictos que llevan niñas a callejones oscuros. Abuso por parte de personas desconocidos sí pasa – de hecho, in otros artículos de esta serie Revistazo explora tres casos de violadores seriales que atacaron a desconocidos.

No obstante, abuso por parte de personas desconocidas son infrecuentes. Es más posible que niños estarían siendo violados por alguien de confianza, como un padre, un familiar, un amigo, o un vecino.

La familia y los amigos de Mari no podrían haberlo imaginado que un padre violaría a sus propias hijas, pero la verdad es que él, como un cuidador macho, fue uno de los candidatos más propensos a hacerlo.

Rescate es un programa de la Asociación para una Sociedad Más Justa que apoya a sobrevivientes de abuso sexual por brindar atención psicológica, ayudar en recoger evidencia de los crímenes, y acompañar sobreviviente a través del proceso judicial. El programa ha desarrollado una serie de guías para ayudar a padres, maestros, y cuidadoras a identificar, responder, y prevenir el abuso sexual de menores.

Un miembro del programa Rescate camina con los niños, que durante doce años vievieron abuso sexual por parte de su padre, pero ahora gracias a la ayuda pscicólogica, apoyo a la investigación y legal que brinda este programa la esperanza ha vuelto a sus vidas.

En las guías Rescate ayuda a separar los hechos de abuso sexual de los mitos para dar a los cuidadores una idea más clara de cómo y de quien deben proteger a sus niños.

Si un adulto sospecha o sabe que un niño está siendo abusado sexualmente, debe denunciar el crimen al Módulo de Atención Integral Especializado (MAIE) del Ministerio Publico para que las autoridades relevantes pueden intervenir para brindar protección y justicia para los sobrevivientes.

Módulo de Atención Integral Especializado (MAIE)


Ministerio Público- Edificio Plaza II, Colonia Lomas del Guijarro, contiguo a Centro Comercial Galerías.


Oficina: 2221-3435 / 2221-3099/ 2221-5620


El escape

Alrededor de las 2:00 a.m. el 17 de agosto, 2015, Mari despertó de nuevo con el ruido de su marido levantando a Lili y llevándola afuera de la casa por quinta vez ese mes. Esa noche algo en Mari cambió. Ella decidió que ya basta.

La próxima mañana, ella se acercó a Lili, le miró en los ojos, y le decía que jamás iba a permitir que Carlos la siguiera abusando, que ella los iba a sacar de la casa.

Más temprano en el mes, Mari le había dicho a su madre sobre el abuso sexual por la primera vez. Declaró a Lourdes que ahora estaba lista para planificar un escape. Sin embargo, ella sabía que ocupaba ayuda. Mari y su familia no tenían los medios para escabullirse del pueblo y comenzar una vida nueva.

Mari buscó una línea de salvamento.

"Si pudiéramos encontrar a mi padre. Él podría ayudar," dijo a su madre.

Lourdes sabía que fue imposible. El padre biológico de Mari salió de su vida 27 años antes cuando Mari era todavía una niña. No había escuchado nada de él desde ese tiempo.

Cargado con el conocimiento de la pesadilla en que vivían sus nietas, Lourdes viajó al sur a Santa Bárbara para visitar a su familia.

Cuando llegó a la casa, su hermano le comentó, “No vas a creer a quien vi el otro día.

“¿A quién?” preguntó Lourdes.

Fue el padre biológico de Mari. Lourdes no le había contado a su familia nada sobre el abuso que estaban sufriendo Mari y los niños. Después de 27 años, el padre pródigo apareció de la nada.

“Consígueme el número,” Lourdes dijo a su hermano.

Lourdes llamó a su ex y se pusieron de acuerdo para reunirse en las gradas de la iglesia.

“Yo estaba tan feliz. Yo lo abracé, no por verlo, pero por lo que podría significar para mi hija,” dice Lourdes.

Ella le contó sobre el abuso violento de Carlos, y él aceptó ayudar a su hija a escapar. No obstante, dijo que solo tenía para llevar a Mari y la hija menor, que tenía dos años en ese momento. Mari se negó a irse sin todos sus hijos.

“Fue entonces cuando le dije que estaba pasando con las niñas. De inmediato se acordó sacar a Mari con todos los niños,” cuenta Lourdes.

La próxima semana, Lourdes y el padre de Mari llegaron al pueblo mientras que Carlos estaba en el trabajo. Subieron a Mari y los cuatro niños en el carro y manejaron a San Pedro Sula, dejando a Carlos, la casa de una habitación, y los muchos años de abuso atrás.

“Él día que los sacamos yo no tenía miedo. Tenía valor,” dice Lourdes. “A las rodillas enfrente a Dios no tenga miedo.”

La familia y los amigos de Mari habían recogido dinero para ayudarles a salir y a vivir en los próximos meses.

El 19 de agosto, Mari fue a la fiscalía en San Pedro Sula y puso una denuncia contra Carlos por el delito de violación especial. Fue allí que conoció una psicóloga y una investigadora del programa Rescate.

El equipo investigativo y psicológico de Rescate inmediatamente asumieron el caso de Mari y se juntó con el sistema de apoyo de ella mientras que Mari y los niños comenzaron sus vidas nuevas.

La captura

Cuando Carlos llegó del trabajo, encontró la casa vacía, Mari y los niños no estaban por ninguna parte.

Y enfurecido, agarró a su machete y arrancó a través de los árboles para la casa de Sonia.

“¿Dónde están? ¿Quién les ayudó?” él exigió. Sonia fingió ignorancia.

Carlos se dirigió a la casa de Luz donde encontró caras estoicas y más afirmaciones que nadie sabía para dónde se fueron Mari y los niños.

Él salió cuando Juan salió de la puerta, pero no antes de que amenazó con matar a Mari y los niños cuando les encontró.

“Si vuelven aquí, voy a llamar a la policía,” Luz le grito. Ella mantuvo un ambiente de confianza, pero a dentro sentía miedo.

Esa noche, Carlos se escabulló a la propiedad de Luz. Se deslizó hasta la casa y destruyo la ventana con su machete.    

“Por suerte mi padre estaba en la casa esta noche y le siguió fuera de la propiedad,” dice Luz.

No obstante, Juan viajó por su trabajo y no siempre podía estar en casa. Durante días, Luz vivió aterrorizada de que Carlos iba a regresar y atacar a ella y a sus hijos.

El día que se emitió el orden de captura, Luz estaba segura que Carlos le iba perseguir. Oró para que lo encontraran antes de que terminara el día.

El 3 de septiembre, 2015, Mari viajó con agentes de la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC), una unidad investigativa dentro del Ministerio Publico, y una investigadora de Rescate, al pueblo que había su prisión por doce años. Acamparon en la calle para capturar a Carlos en su regreso a la casa.

“Esperamos su regreso del trabajo, pero nunca llegó,” recuerda Mari. “Llamé a mi hermana y ella dijo que iba averiguar.”

Luz hizo unas llamadas y descubrió que Carlos fue detectado en un pueblo cerca, alrededor del centro de salud.

Mari fue con la policía al centro de salud, pero no le encontraron. Después recibieron un mensaje que él estaba en una cantina. Fueron a la cantina y no estaba allí tampoco.

Por casualidad Luz estaba en el pueblo también ese día haciendo una entrega para un amigo. Empezó a cruzar la calle cuando se sentía como necesitaba mirar a su lado.

“Volví la cabeza solo porque sentí que debería y allí estaba él. Pasó frente a mí en una bicicleta,” dice Luz.

Llamó a Mari y le contó donde vio a Carlos. Los oficiales de ATIC respondieron inmediatamente. Arrinconaron a Carlos afuera del centro de salud donde se paró para platicar con dos hombres.

“Los carros se acercaron y pararon enfrente de él. Él se asustó,” cuenta Mari. “Miró a su alrededor como queriendo escaparse, pero no podía.”

Durante el próximo año, Carlos estaba juzgado, condenado y sentenciado a 45 años en la cárcel por tres delitos de violación especial.

“Cuando escuché la noticia de su condena, me sentí tranquila,” dice Mari.

Para Lourdes, las noticias trajeron otro nivel de libertad para la familia. Su vecina Karla está de acuerdo que después de eso, la comunidad está en paz de nuevo.

El camino a la cura

Mari y los niños fueron libres del abuso y el terror que habían vivido, pero pasarían años antes de que su lucha realmente terminara.

Cuando escaparon de primero, el padre de Mari los llevó a la casa del hermano de ella en el sector Rivera Hernández, una zona conflictiva en el sureste de San Pedro Sula donde colonias están controlados por pandillas. Su padre les ayudó un poco con la comida, pero dentro de poco, se fue su vida de nuevo. El hermano de Mari hizo todo lo que pudo para apoyar a la familia.

Sin embargo, fue difícil para la familia del hermano convivir con cinco personas más en la casa. Se puso inquita y decidió ayudar a Mari a encontrar un nuevo espacio para vivir. Su próximo hogar, no obstante, fue en otra colonia del sector Rivera Hernández, zona conflictiva.

Allí, la familia pequeña que ya había sufrido mucha presenció la violencia de las pandillas de la zona. Mari tenía miedo que las pandillas trataran de reclutar a su hijo, Carlitos, y decidió que tenían que moverse.

La inestabilidad afectó a Mari. Después de doce años de abuso, su confianza fue débil. Mari dudó su capacidad de proveer por y proteger sus hijos. No tenía un salario consistente para pagar las necesidades de su familia, y no podía encontrar un lugar seguro para vivir.

Mientras que intentaba a ver como proveer para su familia, Mari estaba sufriendo los efectos de trauma. Experimentó pesadillas casi todas las noches soñaba que Carlos la perseguía con un machete. Los hijos también sufrieron de pesadillas, y sugirieron estar pegados a su madre.

La familia continuó el trabajo con las psicólogas de Rescate para curarse del abuso que sobrevivieron y aprender las habilidades necesarias para desarrollarse más adelante.

Un amigo de la niñez ayudó a Mari a encontrar una casa para alquilar en una colonia tranquila y segura. El equipo de Rescate ayudó a Mari a iniciar un negocio de tortillas desde su casa para darle autonomía y un ingreso consistente para la familia. Mientras que ella trabajó para lanzar el negocio, siguió luchando para pagar el alquiler. Había unos meses cuando ella y los niños casa fueron desalojadas de la casa.

En medio del caos de su primer año sola, Mari buscó consuelo de un hombre que le estaba cortejando. Ella pronto descubrió que estaba embarazada. Cuando le dijo al novio, él le dejó.

Mari apenas estaba sobreviviendo con sus hijos, y ahora tendría otra vida que cuidar. Ella siguió adelante con su negocio de tortillas, determinada a proveer para su familia. Los tres niños mayores, se hicieron cargo de ayudarle.

Unos de sus vecinos nuevos observaron las necesidades de esa madre soltera y trabajadora.

Un hombre que vivía cerca, antes había alquilado la mitad de su casa. Cuando descubrió que Mari estaba embarazada, decidió ofrecerle ayuda. Él alquiló sus cuartos extras a Mari y los niños a un precio bajo y le dejó usar su cocina para seguir con el negocio de tortillas.

Cuando nació el bebé, los hijos asumieron responsabilidad del negocio. Se levantaron temprano para hacer tortillas y tomaron la iniciativa para salir y venderlas. Su trabajo diligente sostenía a la familia durante la recuperación de Mari.

Otro vecino observó su necesidad para un mejor trabajo y ofreció el trabajo de cuidar sus niños durante el día. Mari decidió rechazar el trabajo mientras que amantaba a su bebé, pero el vecino graciosamente mantenía su oferta.

Cuando el niño cumplió un año, Mari aceptó al puesto y comenzó trabajar unas puertas de su casa, cuidando a dos niños.

Por años, Mari pensó que Dios la había abandonado, pero ahora ella estaba desarrollando su confianza y su esperanza. Empezó a asistir una pequeña iglesia cerca de su casa. Los pastores le ayudaron con comprar comida y otras necesidades pequeñas que tenía.

Un día, el pastor principal se acercó.

“Me preguntó cómo le pudo ayudar,” dice Mari. “Y yo dije que siempre quería mi propia casa, un lugar que es mío.”

Poco después, otro pastor visitó a la iglesia. Mientras se encontraban afuera de la iglesia, Mari tuvo la sensación de que él y su pastor estaban hablando de ella. La llamaron a ella y le dijeron que querían ayudarle lograr su sueño.

Los miembros de la iglesia encontraron un pedazo de tierra en la misma calle de su casa alquilada. Estaba cerca de su trabajo, su iglesia y la escuela de sus niños. La iglesia se dedicó a hacer actividades para recaudar fondos para comprar la tierra y construir una casa de bloque para la familia.

Esperanza Multiplicada

Hoy, la tierra pertenece a Mari, y la casa está solo meses de su finalización.

Mari sigue trabajando en casa, y sus tres hijos mayores, uno asiste escuela en la mañana y dos en la tarde, cuidan a los dos pequeños en turnos en su casa alquilada. El jefe de Mari ha prometido ayudarla a conseguir un trabajo en una fábrica que cerca y donde ella pueda ganar un salario más grande para su familia. Carlitos también ayuda una tía con los quehaceres para ganar un poco de dinero extra.

Los amigos y la familia de ella dicen que ahora ella es como otra persona. No es la mujer delgadita, aterrorizada que era cuando se fue. Ahora todos dicen que ella es bonita y confiada.

“Yo antes era tímida y rara,” dice Mari. “Ahora tengo fuerza y valor.”

Mari dice que ve un cambio en sus hijas que antes eran calladas y alejadas. Lili y Cynthia ahora son amigables y valientes. Tienen nuevos amigos en la escuela donde sacan notas excelentes. Aunque todavía les tocan pesadillas, ahora pasa con mucho menos frecuencia.

La esperanza de Mari para todos sus hijos es que estudien y siguen adelante.

A otras mujeres en una situación de abuso, Mari tiene consejos:

“No sigan sufriendo. Apártense. Las mujeres no son nacidas para sufrir, sino que, para ser felices,” dice ella.