{"id":770,"date":"2013-12-21T21:16:31","date_gmt":"2013-12-21T21:16:31","guid":{"rendered":"http:\/\/revistazo.com\/content\/?p=770"},"modified":"2020-11-20T17:53:58","modified_gmt":"2020-11-20T17:53:58","slug":"belen-esta-mejor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistazo.com\/content\/belen-esta-mejor\/","title":{"rendered":"Bel\u00e9n est\u00e1 mejor"},"content":{"rendered":"<p><strong>Los reclusos tienen contacto con el exterior a trav\u00e9s de la terraza. Desde all\u00ed hay una vista panor\u00e1mica del parque La Concordia, adornado por los escombros que el hurac\u00e1n Mitch esparci\u00f3 en los alrededores. A lo lejos, unos sacos enormes se mueven entre las colinas de material descompuesto; los cargan personas diminutas que s\u00f3lo por el movimiento se distinguen de la basura. Es imposible saber si son ni\u00f1os o si la distancia les hace ver peque\u00f1itos.<\/strong><\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>Hace meses que ninguno de los presos ha visto la televisi\u00f3n o escuchado la radio. Unos cuantos saben leer, pero no conocen el p\u00e1rrafo de contexto m\u00e1s popular del momento:<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"margin-left: 30px;\"><span class=\"gkHighlight3\">Honduras es el pa\u00eds que presenta el mayor n\u00famero de homicidios del planeta, 86.5,<br \/>\npor cada 100,000 habitantes. Posee un sistema de justicia que puede investigar<br \/>\nsolamente el 20% de los cr\u00edmenes y tiene una estructura estatal d\u00e9bil, donde la<br \/>\ncorrupci\u00f3n florece cual enfermedad.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Tegucigalpa, en cambio, es m\u00e1s complicada. Una lista de datos estad\u00edsticos no puede explicar c\u00f3mo el paisaje de la capital no tiene horizonte. -Cualquiera dir\u00eda que esto trunca las ilusiones del que aqu\u00ed vive-. Las cifras no pueden describir la cadena de monta\u00f1as que cercan la ciudad y que no permiten que los ojos se pierdan en la distancia. Tampoco es posible explicar a trav\u00e9s de n\u00fameros como esta ciudad tiene doble personalidad: la del d\u00eda y la de la noche.<\/p>\n<p>Los reclusos del centro de rehabilitaci\u00f3n Misioneros de la Calle eran libres a todas horas, o as\u00ed lo sent\u00edan. Convirtieron esta ciudad en su casa y sus calles laber\u00ednticas en su \u00e1rea de trabajo. Intercambiaron sonrisas con las pancartas publicitarias de los pol\u00edticos, comieron del buffet&nbsp; acumulado en las esquinas con el paso de los d\u00edas; reconocer\u00edan a ojos cerrados los cartones en los que dorm\u00edan cada noche y ubican las horas en funci\u00f3n del fr\u00edo que sienten en los pies. Pero ahora \u201cest\u00e1n mejor\u201d. Eso les repiten a diario. Aunque siguen descalzos.<\/p>\n<h3><strong>Bel\u00e9n Barahona Bustillo<\/strong><\/h3>\n<p>Se para frente a los ventanales de tiendas de electrodom\u00e9sticos que filtran dibujos animados y el reflejo de personas que caminan hacia lugares que ella no conoce ni conocer\u00e1. Si alguien le pregunta cu\u00e1l fue la \u00faltima vez que se sent\u00f3 a comer en un lugar diferente de una acera, responde con evasivas, con una verg\u00fcenza que define la vida de la calle en Tegucigalpa.<\/p>\n<p>\u201cMi mam\u00e1 est\u00e1 en el cielo\u201d. Frunce el ce\u00f1o por un instante. \u201cFue en el hospital. Del coraz\u00f3n\u201d.<\/p>\n<p>Para Bel\u00e9n el d\u00eda que esto ocurri\u00f3 empez\u00f3 el final de su ni\u00f1ez. A sus doce a\u00f1os ya est\u00e1 aprendiendo con la vulnerabilidad por maestra lo que supone ser mujer en la calle, cualidad que esconde siempre que puede. Se escabulle para ir al ba\u00f1o; las ropas de espantap\u00e1jaros no dejan ver su cuerpo que nada tiene de apetecible, pero que s\u00f3lo sobrevivir\u00e1 si es invisible desde ya.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cuando se quita el sombrerito de lana maloliente deja ver su corte de cabello. Trasquilado. Hecho a mordidas. Hasta parecer un ni\u00f1o lleno de ternura y astucia. Su apariencia es su escudo ante lo malo, es decir, que la violen o que la maten o que ambas cosas le sucedan,&nbsp; en cualquier orden.<\/p>\n<p>Muchos ni\u00f1os han sentido ese miedo: Seg\u00fan el censo del a\u00f1o 2010 del Instituto Nacional de Estad\u00edstica (INE), En Honduras, la ni\u00f1ez representa una mayor\u00eda significativa en la poblaci\u00f3n, un 50% aproximadamente. 6,000 de ellos, seg\u00fan el Observatorio de los Derechos de los Ni\u00f1os, Ni\u00f1as y j\u00f3venes en Honduras de Casa Alianza, viven en el \u00e1rea de San Pedro Sula y Tegucigalpa en situaciones de riesgo; de los cuales, el 46% viven totalmente en la calle, como Bel\u00e9n. Expulsados de sus casas, por la pobreza, el abandono, la violencia intra-familiar y las drogas.<\/p>\n<p>Tres d\u00edas despu\u00e9s de nuestra primera charla, como se tem\u00eda que suceder\u00eda, Bel\u00e9n se esfum\u00f3. Dej\u00f3 de llevar y traer drogas para los mayores; ya no se le ve\u00eda inhalando ni comprando pegamento a los zapateros del mercado La Isla, ni frecuentaba los basureros en busca de comida. Sus amigos vieron como una noche se la llevaron en un pick-up. Sin embargo, ninguno parec\u00eda preocupado.<br \/>\nLes pasa mucho. Desaparecer.<\/p>\n<p>Los resistoleros del callej\u00f3n ya ten\u00edan formuladas sus hip\u00f3tesis sobre el paradero de la ni\u00f1a: que si la secuestraron, que si se fue del pa\u00eds con la hermana, que si ya la mataron, que si est\u00e1 en el centro de rehabilitaci\u00f3n.<br \/>\nEn cualquier caso, ella \u201cest\u00e1 mejor\u201d, repiten una y otra vez los ex-compa\u00f1eros de calle de Bel\u00e9n. Todos parecen tenerlo claro.<\/p>\n<p>\u201c\u00a1Yo s\u00e9 donde est\u00e1!\u201d, dijo un ni\u00f1o arrastrando las palabras, con la voz apagada dentro de una bolsa con pegamento.<\/p>\n<h3><strong>El centro de Rehabilitaci\u00f3n Misioneros de la Calle<\/strong><\/h3>\n<p>La entrada principal tiene un guardia que no se ve diferente al resto de reclusos. Vigila qui\u00e9n entra y sale mientras lava los autobuses estacionados al lado del parque La Concordia.<\/p>\n<p>En el primer piso est\u00e1n todos los enfermos y los ancianos, en su mayor\u00eda alcoh\u00f3licos y drogadictos; se\u00f1ores que reposan en catres muy sucios. El recinto da a la calle, no tiene puertas. Colinda con el r\u00edo y se puede ver a los internos a dos cuadras de distancia. Es como un escenario montado para dar pena. &nbsp;<\/p>\n<p>Arriba est\u00e1n los dem\u00e1s. Se oyen clamores y una m\u00fasica distorsionada. El espacio empieza a apretar mientras subimos unas gradas en una penumbra intencional: \u201chay que ahorrar luz\u201d dice el gu\u00eda.<\/p>\n<p>Poco a poco se descubre el lugar, se respira mejor a medida nos acercamos al \u00faltimo piso del edificio. Aqu\u00ed, hay cables el\u00e9ctricos expuestos, muchas puertas, trapos que cuelgan y tuber\u00edas que tejen las paredes que alguna vez fueron amarillas.<br \/>\n\u201cEs por all\u00ed, suba por esas gradas\u201d, dice nuestro conductor, mientras se\u00f1ala unos escalones de metal claramente desnivelados que llevan a un agujero en lo m\u00e1s alto de una pared. La entrada a la terraza. Es de all\u00ed de donde vienen los alaridos y la m\u00fasica estridente.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los internos est\u00e1n reunidos, como siempre, antes del almuerzo. Hombres, mujeres y ni\u00f1os api\u00f1ados, con las manos en alto, gritando, llorando, rezando. M\u00e1s j\u00f3venes, pero no se ven diferentes a los ancianos moribundos del primer piso.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Una mujer dirige el culto, con la biblia en una mano y un micr\u00f3fono en la otra. Tambi\u00e9n est\u00e1 Bel\u00e9n, \u00a1vestida como ni\u00f1a!, esperando a que llegue la hora de la comida.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los rostros depresivos y tr\u00e9mulos dominan la primera mirada que barre la terraza. Luego vienen las cicatrices, los pies descalzos con las u\u00f1as largu\u00edsimas y el humo de los fogones.<br \/>\nR\u00e1pidamente, empiezan a rodearnos. Cuentan sus historias, sin que se las pidan.<\/p>\n<p>\u201cYo llevo 6 meses, ya me va a tocar salir\u201d dice un tal David.<\/p>\n<p>Todos est\u00e1n aqu\u00ed por abusar del alcohol y de todo tipo de drogas. Los recogen en la calle.<\/p>\n<p>A veces por la fuerza.<br \/>\n\u201cAqu\u00ed est\u00e1n mejor\u201d dice Osm\u00e1n Andino, director del centro de rehabilitaci\u00f3n. Bel\u00e9n tambi\u00e9n lo est\u00e1, ahora que no tiene la mand\u00edbula adormecida por el pegamento puede hablar mejor. Ahora recuerda los detalles de c\u00f3mo muri\u00f3 su madre de un paro cardiaco.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Recuerda a su padre como un zapatero -de all\u00ed la adicci\u00f3n al pegamento-. Viv\u00edan en una colonia que no aguant\u00f3 los azotes del r\u00edo durante el hurac\u00e1n en 1998. Recuerda c\u00f3mo mataron en el barrio Sipile a su hermana embarazada y a otros dos hermanos. \u201cSe les salieron los sesos\u201d, dice con cara de asco.<\/p>\n<p>Lo recuerda todo.<\/p>\n<p>El culto obligatorio termin\u00f3 y ahora pueden comer. Bel\u00e9n corre entre la multitud y se une a la fila de los que cargan sus vasos y su platos. S\u00f3lo volvi\u00f3 una vez m\u00e1s para pedir un poco de dinero y preguntar si volver\u00e1 a vernos alg\u00fan d\u00eda.<br \/>\nAhora Bel\u00e9n est\u00e1 mejor.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los reclusos tienen contacto con el exterior a trav\u00e9s de la terraza. Desde all\u00ed hay una vista panor\u00e1mica del parque La Concordia, adornado por los escombros que el hurac\u00e1n Mitch esparci\u00f3 en los alrededores. 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