En Honduras, comer no siempre significa alimentarse. Para miles de familias, la comida diaria no se elige, se resuelve. Entre lo que alcanza, que hay cerca y lo que se puede pagar, la dieta termina siendo una consecuencia, no una decisión, y cada vez más es un factor de riesgo para la salud.
En una pulpería, una bolsa de churros cuesta menos que una fruta. En ese contexto, la elección no es solo nutricional, también se trata del tema económico. Y ahí comienza una de las paradojas más complejas: Mientras una parte de la población no logra cubrir sus necesidades básicas de nutrición, otra enfrenta un aumento sostenido de sobrepeso.
Según el boletín Estado de País 2026-Salud del Instituto de la Justicia, Honduras enfrenta una doble carga de la malnutrición, donde la desnutrición persiste al mismo tiempo que aumentan los casos de obesidad, impulsados por desigualdades estructurales y cambios en los patrones de consumo.
Cuando comer bien es un lujo
En Honduras, alimentarse de forma adecuada sigue siendo un privilegio. De acuerdo con el informe, cuatro de cada diez personas no pueden costear una dieta saludable, lo que evidencia que el problema no es solo la disponibilidad de alimentos, sino el acceso real a opciones nutritivas.
Las consecuencias son visibles y persistentes. La desnutrición se mantiene estancada desde hace más de una década y alcanzó el 14.8 por ciento en 2023. A esto se suma que el 19 por ciento de los niños menores de cinco años presenta retrasos en el crecimiento, una señal de que la malnutrición sigue afectando las etapas más críticas del desarrollo.


El país, además, continúa rezagado en el Índice Global de Hambre, sin avances significativos en los últimos años. La falta de acceso a una dieta adecuada no solo impacta la salud, también limita el desarrollo, reduce la productividad y perpetúa la desigualdad.
El otro extremo
El problema no concluye en la falta de alimentos. También está en lo que sí se consume. En América Latina, el sobrepeso ha crecido de forma sostenida, incluso en la niñez- Para 2024, la prevalencia en menores de cinco años alcanzó el 8.8 por ciento por encima del promedio mundial. En adultos, el 29.9 por ciento vive con sobrepeso.
Honduras no es la excepción. Desde 2025, la obesidad ha aumentado de manera constante hasta situarse en 29.5 por ciento en 2022, sin señales de estabilización.
Detrás de estas cifras hay un patrón claro, y es que a menudo se consumen alimentos ultraprocesados, los cuales, terminan siendo más accesibles que los saludables y se convierte en un problema colectivo.


La factura de lo que se come
Las consecuencias de esta dieta desigual están pasando factura, el aumento de la obesidad está directamente vinculado con el crecimiento de enfermedades crónicas como diabetes tipo 2, hipertensión y afecciones cardiovasculares, que hoy dominan el perfil de salud del país.
Al mismo tiempo, la desnutrición continúa afectando el desarrollo infantil, la capacidad de aprendizaje y las oportunidades económicas a largo plazo.
En conjunto, la malnutrición representa pérdidas equivalentes al 2.7 % del Producto Interno Bruto (PIB), reflejando que no se trata solo de un problema sanitario, sino también económico.
En Honduras, hay familias que no se preguntan qué quieren comer, sino qué pueden comer. Donde el dinero no alcanza, donde lo más cercano no siempre es lo más saludable, y donde cada decisión está marcada por la necesidad, no por la elección.
Dos extremos, una misma realidad: en Honduras, la desnutrición persiste mientras la obesidad no deja de crecer.
Casi 3 de cada 10 adultos viven con obesidad, mientras 1 de cada 7 personas enfrenta desnutrición.

